Quien estuvo alguna vez en esta Discoteca sabe de lo que hablo. Se iniciaba la década de los años 90. Y en Pozoblanco aparecía la discoteca del dado rojo con el nombre de Nivel 0. Una enorme discoteca se había construido en poco tiempo transformando un cobertizo en una sala llena de música y de ritmo.
No solo se había inaugurado una discoteca sino una nueva filosofía de vivir el fin de semana. El día de la inauguración la cola llegaba casi hasta el pueblo. Se inauguraba una nueva forma de divertirse, de beber, de bailar, de vivir, de ligar, de enamorarse, de no dormir, de hablar a voces entre la música, de vestir. Y de ser. No había en muchos kilómetros a la redonda una sala como esta. Una potencia de música descomunal, con una variedad de luces espectacular (cuando bajaba el platillo de la sesión) y de unas dimensiones enormes.

Todo para una fiesta enloquecida. Gente que llegaba de todas partes. Pijos de pelo engominado, niños de papá que venían con coches tuneados o motos grandes, hippies con vestimentas de colores chillones, punkies, jóvenes con cadenas de oro al cuello o deportistas con camiseta de baloncesto y gorra de beisbol. Todos los estilos se daban cita en la Nivel 0 en la que la gente flotaba sobre la pista o el escenario como poseídos por los ritmos estridentes, con mezclas explosivas y presentaciones fantásticas de los DJ quienes bailaban encima de la cabina por encima de miles de cabezas y cuerpos que no paraban. Nunca se agotaban. Todo marcha. Todo ritmo. House, techno, disco, máquina. Toda una locura maravillosa en la que todo el mundo aguantaba hasta el amanecer. Danzando al compás de una música traviesa y ruidosa.

Eran los tiempos de la Ruta del Bakalao, esa ruta que vino de Valencia y que transformó a los jóvenes de aquella época. Los años 90. Tiempo para el disfrute de vivir la noche. Cada sábado parecía el último. Molaba cantidad. Los DJ con camisas con hombreras y, en ocasiones, con chaquetas al estilo Loco Mía, camareros vestidos de verde y modelos que bailaban. La ‘belleza noventera’ en la que todo el mundo salía de su casa arreglado o arreglada para la ocasión. Chicas con los vaqueros subidos hasta el ombligo, con cinturones de hebilla grande. Jóvenes con pantalones vaqueros tintados claros, jerseys de ochos, chalecos y zapatos náuticos, en una explosión de pijerío con las camisetas de Sensación de Vivir. La raya al medio en los chicos con algún que otro tupé o melena latin lover. Muchas horteradas. Camisas estampadas, de flores. Y en las chicas pelos con mucho volumen. Se llevaban los pantalones Liberto ‘lavados a la piedra’. La moda friki que reventaba cada fin de semana en un espectáculo de color y fantasía.

Todos los jóvenes guardaban dinero para la entrada del viernes y del sábado. No era barata. Pero era el sitio donde estaba la movida. El fin de semana tenía nombre de discoteca. Era el sitio ideal para bailar, divertirse y enamorarse. También se celebraban los grandes eventos (no estaba el Teatro El Silo). Allí se celebraban actos, presentaciones o carnaval. La Discoteca de la carretera Pedroche era un espectáculo de luz y de sonido. ‘Richard’ era el motor de una discoteca que hacía soñar a la juventud del momento.

En la Nivel 0 se guarda la juventud de miles de jóvenes. También momentos inolvidables, besos robados, bailes irrepetibles. Y muchas noches vividas. Un tiempo que no volverá. Ahora quieren resucitarlo con una fiesta para mediados de marzo en la Sala Wong. Como explicar lo que fue un ‘discotecón’ que transformó las vidas de los jóvenes de aquellos años donde todos bailaban y apenas dormían en aquellas noches mágicas de los años 90 (esos que no volverán pero que no se olvidan).